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El lento camino hacia la certidumbre en la crisis del COVID-19

30 de abril de 2020

La propagación del COVID-19 sigue copando la actualidad y está rodeada todavía de demasiadas incertidumbres como para empezar a hablar de recuperación, pero los avances en su contención resultan indiscutibles y alentadores.
 
En ese contexto, los mensajes preocupantes en clave económica como los del último World Economic Outlook del FMI, que proyecta una brusca contracción de la economía mundial del orden del 3% en 2020, empiezan a cohabitar con algunos datos para la esperanza.

El propio FMI confía en que, si la pandemia se disipa durante el segundo semestre del año, la economía mundial crecería un 5,8% en 2021. El organismo clarifica sin embargo que este último pronóstico está sujeto a una “extrema incertidumbre” impartida por la propia pandemia, pero también por factores de orden económico, como las repercusiones del drástico endurecimiento de las condiciones en los mercados financieros mundiales, las variaciones de los patrones de gasto o los efectos de la situación actual en la confianza y volatilidad de los precios de las materias primas.

El FMI celebra en todo caso la contribución de las medidas de los principales bancos centrales a la reducción de la tensión sistémica, pero insta a los países a adoptar políticas eficaces en los ámbitos fiscal, monetario y financiero, y a una estrecha cooperación multilateral a favor de los países con restricciones financieras.
 
Por su parte, el periodista de The New Yorker John Cassidy, autor del libro How Markets Fail, apuntaba en un artículo reciente que, el pasado 18 de abril, el índice Dow-30 había recuperado la mitad de las pérdidas experimentadas entre finales de febrero y marzo, y que se encontraba solo un 18% por debajo de su máximo histórico.
 
Cassidy añadía sin embargo que el mercado sigue fluctuando a medida que se solapan las buenas noticias sobre algún avance prometedor en el desarrollo de una vacuna con la aparición, por ejemplo, de segundas oleadas de contagio en países como Japón o Singapur, y se hacía eco de las recetas para la reactivación de autoridades como el premio Nobel Paul Romer, que aboga por realizar test a gran escala que, solo en Estados Unidos, deberían superar los diez millones al día.
 
Con todas las precauciones que aconseja una situación tan volátil como la actual, si miramos a los mercados de renta fija y variable, esta crisis está aflorando además una evidencia favorable a la tesis de que una salida verde a la misma no solo es posible, sino aconsejable: el buen comportamiento de las inversiones basadas en criterios ESG.
 
La periodista Madison Darbyshire recoge en este artículo para el Financial Times que más de la mitad de los fondos de inversión éticos en el mercado han superado a los principales índices bursátiles por haber apostado por sectores como el tecnológico, “menos afectados por el confinamiento y las medidas de distanciamiento social”. AFI recuerda en este sentido en esta información de Funds Society que estos activos ya presentaron un mejor comportamiento relativo frente a sus comparables menos sostenibles en anteriores episodios de volatilidad, “como ocurrió en el año 2018”.
 
En el mercado de bonos la situación es análoga, como apunta Thomas Wacker, head of credit de UBS, en Bloomberg. Para Wacker, los bonos sostenibles son una “oportunidad defensiva”, como acredita que el Bloomberg Barclays US Green Bond Index haya perdido solo un 2,5% de su valor en 2020 frente a la caída del 5,1% de las emisiones de deuda corporativa con grado de inversión. En España, Gema Escribano y Pablo Martín Simón señalan en Cinco Días que Iberdrola realizó una emisión de 750 millones en bonos verdes a cinco años el pasado 1 de abril, ya en plena crisis, y obtuvo una demanda de casi 12 veces el importe colocado.
 
Estas inversiones sostenibles pueden verse todavía más favorecidas por otra de las buenas noticias de los últimos días: la adopción por parte del Consejo Europeo de un sistema común de clasificación para fomentar la inversión privada en crecimiento sostenible –una importante taxonomía que deberá establecerse antes de finales de 2020, con el objetivo de garantizar su plena aplicación en 2021 y que contribuirá sin duda a que la economía post-COVID-19 sea cada vez más neutra climáticamente.